miércoles, 7 de marzo de 2018

Para ser editora se necesita haber mudado muchas veces de piel



Por Laura Quiceno

“He cambiado de piel”. Es la frase que está tatuada en mi frente.

“Todavía escribo en agendas” sale en casi todas mis conversaciones cuando los celulares nos hacen olvidar la magia del papel y los bolígrafos de colores.

“Soy curiosa”. Es la frase que me define como mujer y como periodista.

No hay división entre lo que soy y lo que hago. Desde el 2011 combiné mi pasión con mi tarea de todos los días: escribir y ordenar universos de palabras.

Desde que llegué al periodismo por intuición, por ganas de indagar en las lecturas de adolescencia, desde el momento en que nació ‘Bogotá sin edición’ en mayo de 2011 con entrevistas a escritores (Andrés Neuman, Alberto Fuguet, Judith Thurman) quise contar historias, indagar en la vida de otros, con universos similares y a la vez diferentes al mío.

Desde la predilección por ‘Los días del abandono’ de Elena Ferrante que comparto con Judith Thurman hasta el gusto de Alberto Fuguet por la película ‘Something Wonderful’ con Mary Stuart Masterton y Andrés Caicedo, desde ese momento supe que dejaría atrás la ciencia política y me sumergiría en uno de los oficios más apasionantes del mundo: el periodismo.

No sé en qué momento pasé de escribir a editar, siento que estaba escrito cruzar esa línea para descubrir las voces de otros.

Tal vez fue cuando llegué a Kienyke.com como periodista y luego como editora de tendencias. O con mi fugaz paso por el mundo de los noticieros de televisión o por las noticias en radio donde en seis meses descubrí lo mucho que me hacían falta las páginas impresas y las digitales, buscar un título, sentarme durante días a escribir y reescribir el primer párrafo.

Eso extrañaba: sonreír mientras transcribía la entrevista y en un momento descubría que el personaje se estaba desnudando y se revelaba ante mí como una epifanía y yo podía transmitirlo a los lectores.


Foto: Juan Cristóbal Cobo.

En el momento más álgido de las ruedas de prensa, de salir en vivo, decido volver al periodismo escrito.

Recuerdo que volví a enfrentarme primero al papel, el lapicero y luego al ordenador con  ‘La Sal de la tierra’, el documental sobre Sebastião Salgado para la revista chilena Intemperie, después de seis meses sin escribir sobre lo que veía o admiraba, retratar su obra me costó lágrimas y la construcción del artículo más de 15 días. Había retomado mi camino.

Había visto de cerca el periodismo informativo y estaba lista para regresar al periodismo narrativo.

Hoy, a mis 31 años, sé que para ser editora se necesita haber pasado por muchas salas de redacción, haber sentido el machismo y también haber conocido a reporteras guerreras que se la juegan en campo.

Para ser editora se necesita haber vivido, haberse enamorado dos o más veces y ver como se esfuma lo que construiste y sentarte a escribir sobre eso.

Para ser editora debiste sacrificar muchos fines de semana, ver las luces encendidas de ‘Al Aire’ en una cabina, ser apasionada por un oficio que “no te deja tener vida” y que a la vez te permite vivir al 100 %.

Para ser editora tienes que aceptar en los errores de los otros, tus propios errores y aprender.

Para ser editora tuviste que haber vivido, llorado, pasado por varios colores de pelo, haber querido escribir todas las historias del mundo y luego incitar a otros a que las escriban.

Para ser editora tuviste que trasnochar muchas veces, hasta que lograste que esa historia encajara y se revelara a otros.

Para ser editora se necesita aprender que hay muchas historias por escribirse y que algunas todavía se están escribiendo y no tienen punto final.

Fotos: Juan Cristóbal Cobo

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